La historia mundial ha comprobado que una de las mejores maneras de combatir la pobreza es fomentar el crecimiento económico. Mientras los países desarrollados han aplicado recetas de promoción de la industria privada, la producción y el comercio durante décadas y hasta siglos de manera continuada y consistente, en los países en vías de desarrollo las fórmulas de apoyo a la empresa privada son relativamente nuevas en comparación.
En este contexto, los bancos y entidades financieras cumplen un rol absolutamente central en el desarrollo de la economía, al financiar los proyectos e inversiones de las empresas, las que a su vez dan empleo a las personas y posibilitan el bienestar material de las familias y la sociedad en general. Esto se complementa con las políticas sociales habituales de los gobiernos, que van en ayuda de los más necesitados.
Los préstamos bancarios a las empresas son una de las herramientas más importantes en este proceso y más recientemente se ha puesto énfasis en los préstamos dirigidos a nuevos emprendimientos como una manera de promover el desarrollo. Normalmente, los bancos prefieren prestar su dinero a grandes empresas que ya están bien establecidas y que tienen un historial comprobado de éxito y por lo tanto pueden pagar sus deudas con relativa seguridad, a menos que sobrevenga una crisis de proporciones inesperadas.
Por el contrario, las pequeñas y medianas empresas generalmente sufren dificultades para obtener préstamos, los que se restringen aún más en tiempos de crisis o recesiones económicas. Qué decir de quienes desean instalar una nueva empresa o tienen una idea innovadora. Al acercarse a los bancos apenas son recibidos y con bastante recelo, debido a los riesgos de que la empresa no pueda pagar las deudas o que la idea no fructifique en un buen negocio. En estos casos una buena política gubernamental de fomento al emprendimiento y a las pequeñas empresas puede hacer una gran diferencia.
Si el Estado se ofrece a mediar y apoyar al empresario o emprendedor como aval o hasta entregando algún tipo de subsidio, apoyo técnico, entrenamiento, etc., la entidad financiera estará mucho más dispuesta a otorgar un préstamo. El Estado puede a su vez crear líneas de financiamiento directo a través de agencias gubernamentales de manera que los ciudadanos y/o empresas adquieran un compromiso directo con el Estado a tasas preferenciales y quizás con beneficios impositivos incluidos, como por ejemplo la exención de impuestos a las utilidades si éstas son reinvertidas en el negocio (lo que produce un crecimiento más rápido de la nueva empresa, le da más posibilidades de estabilizarse, florecer y crear más puestos de trabajo).
El resultado es que el gobierno logra entregar al país un beneficio social mayor que el costo de implementar la política o que el costo de utilizar el dinero en otras políticas sociales, como por ejemplo ejecutar programas de empleo de emergencia para paliar la cesantía. Al fomentar el emprendimiento, se fomenta la motivación de las personas de salir adelante por sus propios medios y no depender completamente del Estado, a la vez que se crean más y posiblemente mejores fuentes de empleo. Los préstamos (y subsidios) a las pequeñas y medianas empresas y al emprendimiento son definitivamente una opción que ningún país moderno puede dejar de lado a la hora de combatir el desempleo y la pobreza y lograr el ansiado desarrollo.
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